El 1 de septiembre de 1939 todo cambió para millones de judíos y minorías que vivían en Polonia. Los alemanes tomaron Varsovia, la capital, y con ello estalló la Segunda Guerra Mundial, dejando a su paso la muerte de seis millones de judíos; de ese número, un millón corresponde a niños. En medio de la devastación, Irene Shashar, una niña de apenas cuatro años y medio, logró escapar del nazismo y hoy cuenta su historia como testimonio vivo de una de las etapas más oscuras de la humanidad.
A sus 88 años de edad, narró con claridad el terror que llegó a la ciudad polaca cuando la Policía Secreta Alemana, GESTAPO, interrumpió sus vidas y desató una de las mayores barbaries registradas en la historia moderna. En su mirada logró transmitir el dolor y la resiliencia del paso del tiempo.
Un nombre para sobrevivir
“Soy Irene, nací como Ruth Lewkowicz, porque Ruth es nombre bíblico, judío. Pero muy pronto, a lo largo de la guerra, mi mami me cambió a Irene, Irene es un nombre griego, significa paz y no tiene ninguna relación con el judaísmo. Nací, probablemente, en el lugar menos deseado y en el momento menos deseado en la historia del mundo, en la historia moderna. Nací en Varsovia, capital de Polonia, el 12 de diciembre de 1937”.
El cambio de nombre no fue una decisión menor, sino una estrategia de supervivencia en un contexto donde la identidad judía representaba una sentencia de muerte.
Desde sus primeros años, Irene comprendió que su existencia estaba marcada por un peligro constante. Dentro del gueto de Varsovia, su infancia estuvo atravesada por el miedo, el hambre y la incertidumbre. Este sitio fue creado por los alemanes para aislar forzosamente a la población judía, viviendo en condiciones inhumanas.
Junto a sus padres, David y Elena, vivió en una recámara diminuta que, aun hoy, permanece grabada en su memoria como símbolo del encierro y la precariedad a la que fue obligada a vivir.
El día que la infancia terminó
El recuerdo más doloroso llegó poco después de llegar al gueto de Varsovia. La escena que encontró junto a su madre cambiaría su vida para siempre.
“Ahí vienen”, narró Irene sobre los murmullos de sus vecinos al momento en que ingresaron al edificio donde vivían dentro del gueto. Madre e hija se acercaron a la habitación y observaron cómo David, su padre, yacía en la fría loza blanca de la cocina, sin vida, empapado de sangre. Elena, su mamá, no dudó en tirarse encima del cuerpo y lanzar el más agudo lamento, que, según agregó Irene, se escuchó “hasta el otro lado del gueto”.
Ese momento marcó el fin definitivo de su niñez. La muerte dejó de ser una idea lejana para convertirse en una realidad inmediata. Hasta 2026, Irene no sabe dónde se localiza el cuerpo de su padre. Esa ausencia se transformó en una herida permanente que sigue presente incluso cuando regresa a Varsovia.
“Cada vez que voy a Polonia, cada vez que yo voy al gueto de Varsovia, camino en puntillas para no pisar esqueletos que están, seguramente debajo de la superficie de la tierra”.

Vivir con el miedo respirando cerca
Tras el asesinato de su padre, la percepción del peligro se intensificó.
“Mamá, al entender que alguien lo asesinó, la conclusión es: ‘vendrán por nosotras también para asesinarnos’. El hecho de que estemos afuera es una coincidencia”.
A partir de ese momento, la vida de Irene quedó definida por la necesidad de escapar. Su historia se inserta en un fenómeno más amplio: la migración forzada como única alternativa para sobrevivir al exterminio.
El escape por las entrañas del gueto
“Recuerdo que me pone una manta, me da una muñequita que pongo en mi brazo izquierdo y ella hace un paquete en una bolsa negra y salimos, como tantas veces a buscar comida, pero esta vez es mucho más despacio, ya no me jala tanto y en algún momento caminamos, caminamos, caminamos. Ella se para, deposita la bolsa negra en el piso, se agacha y abre una tapa redonda, bastante pesada, la empuja, me toma a mi de la cintura con mi muñequita y me tira abajo en ese hueco donde se formó al abrir la tapa. Tira la bolsa negra que me pega en el hombro y ella misma salta. Estamos en el desagüe del gueto de Varsovia. Yo estoy empapada, ratas bailan alrededor nuestro. Mi muñequita se pone negra, sucia, estaba tan linda, tenía una faldita, una blusita. Y mi mami me dice que me agache, como un animalito, y que a cuatro avance, y me empuja por detrás. El agua me entra por los ojos, la boca, la nariz; es un olor horrible. Por un momento deja de empujarme, levanta el brazo, salta, me da la mano y me saca a mi, con mi muñeca, con la bolsa negra que tira por encima y ahí estamos en una calle fuera del gueto de Varsovia, en una Polonia de Varsovia, donde está prohibido para un judío estar ahí físicamente. Me quita el parche que dice “judío” de color amarillo y también el de su brazo. Estoy llena de agua, mojadísima”.

Salir del gueto no significaba estar a salvo, sino entrar en otra forma de peligro.
En la actualidad, cerca de las calles de Prosta y Cronia, en Varsovia, se encuentra un monumento a todas las víctimas del Holocausto que escaparon por las alcantarillas del gueto. A un lado, una placa conmemora su lucha.
“Los que salieron de los canales y sobrevivieron a la guerra”, se lee en la descripción de dicha representación.
Silencio, encierro y supervivencia
Su escape, aunque no fue el único, sí es uno de los que se documentaron con claridad. Algunas fuentes aseguran que no hay una cifra exacta sobre los niños que lograron salir del “cementerio” humano que los nazis habían creado para ellos, puesto que muchos decidieron pasar a la incógnita debido al temor. Irene relató cómo fue ese instante, uno en el que el desagüe del gueto se convirtió en su salvación.
“Caminamos, no mucho, de repente entramos a un portal que ella conoce. Empuja una puerta que da a una casa, caminamos un poquito a la izquierda. Ahí hay un aparador, ella abre las dos puertitas y delicadamente me introduce con mi muñequita, me abraza, me besa y me dice: ‘No me vas a llamar, no me vas a necesitar, no vas a llorar, vas a conversar con la muñeca, le vas a contar las cosas bonitas que quieras contarle, cuchicheando y yo te voy a traer tu bacinica, te voy a traer comida rica, pero todo eso si te portas bien va a terminar rápido (la guerra)’”.
Dichas palabras marcaron profundamente a Shashar, quien siguió a pie las indicaciones de su madre. Claro, pensando que de esa forma terminaría rápidamente la guerra.
“Este es un mensaje que yo lo tomo, como una niña de cuatro años y medio, yo lo tomo como si la Segunda Guerra Mundial dependiera de mi comportamiento. Como ustedes y yo sabemos, la guerra duró seis años y no dependía de cómo yo me portara. Es la definición histórica de mi sobrevivencia en estos lugares de escondites diferentes, porque estuvimos en como siete, ocho lugares diferentes donde mamá me escondía, porque ella los conocía. Ella trabajaba para esa gente, daba servicios, cocinaba, limpiaba, cuidaba a sus hijos. Cuando los alemanes entraban y preguntaban por los judíos, antes de que eso sucediera, salíamos y nos escondíamos en otro lugar. Soy lo que se llama en la historia del holocausto: una niña escondida”.
El fin de la guerra, sin celebración
Fue el 17 de enero de 1945 cuando la lucha finalizó en Varsovia. Irene contó que este suceso, a los ojos de una niña, quedó plasmado por la expresión en el rostro de su madre.

“La guerra termina en algún momento. ¿Cómo sabía que había terminado? No porque mamá me sacó de esta puerta, me besó y me abrazó, no, fue porque en su cara yo pude leer un cambio. Recuerdo sus ojos, recuerdo un poco de una sonrisa, una sonrisa muy leve, pero recuerdo sus ojos cuando me sacó de ese último escondite, la expresión de su cara, la manera en que me besó y me abrazó fue diferente a los momentos anteriores”.
Después del conflicto bélico, la búsqueda de familiares reveló una realidad devastadora.
“A mis abuelos, a mi abuela que vino a ayudar a mi madre, a esa abuela, Freda, la llevaron junto con su esposo, la llevaron a Auschwitz, la quemaron allí; no quedaron familiares, quedaron unos primos que ella se encontró al final de la guerra que se iban a París y decidió irse con ellos y conmigo”.
Orfandad y preguntas sin respuesta
La vida es un círculo. Tras su llegada a la capital de Francia, Shashar describió cómo fueron los meses de su incorporación a una cultura nueva, a un lugar donde debía aprender lo básico para sobrevivir y que, poco después, la llevó a una nueva tragedia.
“En París, ella consigue un trabajo en un hotel, pero no hay lugar para una niña de ocho años, yo ya tengo ocho años, tomen en cuenta. La guerra termina en el 46, yo nací en el 37, saquen la cuenta, soy analfabeta, no sé leer ni escribir, alguien le da el dato de que hay un orfelinato a 60 kilómetros de París, donde ella puede llevar y dejarme allí en lo que ella trabaja en el hotel, no tiene ningún centavo a su nombre. Efectivamente me lleva a ese orfelinato, donde hay 32 niños huérfanos de padre y madre, cuyos padres fueron llevados a Auschwitz. Soy la única polaca, no hablo francés. Me hago de amiga de ellos, mi mami llega los domingos a visitarme y yo me siento feliz. La llaman, la adoptan, la llaman ‘mamá', yo estoy feliz. Aprendo francés, aprendo a leer, a escribir”, confesó Shashar.
Tras obtener la felicidad que tanto había anhelado durante su tiempo escondida, Irene recuerda el instante en que su vida cambió de forma inesperada.
“Y un domingo, la madre del orfelinato me dice que me ponga una blusa blanca y nos fuimos a París. Nos fuimos al cementerio donde están enterrando a mi mami. Mi mami murió el 3 de abril de 1948. Está enterrada en París, en una tumba comunitaria.Cada vez que puedo voy a visitarla. En el momento en que se me fue, debo confesarles que tenía mucha decepción porque no pude preguntarle y me quedé con tantas interrogantes: ¿cómo sabía salir de Varsovia?, ¿quiénes eran esas personas?, ¿qué le contaba a esa gente sobre mí? Miles de preguntas, se me va, se me fue. Ella murió de un ataque al corazón, el corazoncito ya no le dio.Esa mujer me dio vida más de una vez. Esa mujer fue la que me salvó. Esa mujer fue la que durante se las ingenió, como si fuera una ingeniera, y no lo era, era una mujer simple. Así que a ella le debo mi vida y le debo las gracias por haberme salvado, protegido de tal manera para que yo pudiera vencer a Hitler”.
Migrar para volver a vivir
Tras quedar huérfana, su historia continuó marcada por la migración, una que millones de personas siguen experimentando hasta la actualidad, para sobrevivir. De acuerdo con el World Jewish Congress, alrededor de 650 judíos huyeron a Perú tras la Segunda Guerra Mundial. Irene, con apenas nueve años, fue llevada a Lima con familiares lejanos.
“Una vez que ella se va, me quedo huérfana, algún abuelo viene y se acerca y me dice que mientras estaba en París es que si a ella le pasaba algo, me llevara con su sobrina Felicia Topilski, su esposo Michael Topilski, a Lima, Perú. Se imaginan que yo no sabía dónde estaba Perú, yo no sabía qué era el Perú, ¿qué cosa es Lima, Perú? Nada. Pero el hecho es que me llevan y aterrizamos en Perú y nos recibe una pareja con un niño dos años menor que yo y me ofrecen todo lo que se necesita para ser feliz: amor, educación, una cama con una sábana blanca, con una almohadita blanca, o sea, todo. Me mandan a un colegio judío, el único colegio judío en Perú. A continuación nace una niña, Sonia, yo me ocupo con amor de ella, poco a poco comienzo a llamarlos mamá y papá. Y la vida me sonríe”.
La vida después del horror
La migración, en su caso, no solo significó desplazamiento, sino reconstrucción. Años después, obtuvo una beca para estudiar en Nueva York y posteriormente cumplió su sueño de llegar a Israel.
“Poco después terminó el colegio, recibí una beca para estudiar lenguas aplicadas y escojo la universidad de Nueva York. Y de ahí el sueño que tenía de llegar a Israel, hago el viaje a Israel y me ofrecen ser la jefa del Departamento de Estudios Españoles y Latinoamericanos, me ofrecen una posición por un año, solo por un año y terminó durando 40 años. Me caso con el portavoz de la Universidad Hebrea, Aaron Shashar, el papá de mis hijos: David, por mi papá, y Alana, por mi mamá, Elena. Siento que yo vencí a Hitler”.
El silencio como protección
Durante años, Irene decidió guardar su historia de sus hijos, evitando que la tragedia siguiera siendo una carga para la familia.
“Los años pasan, mis hijos crecen y yo aún no he contado a mis hijos que he sobrevivido al holocausto. Porque quiero proteger a mis hijos, no quiero abrumarlos con un peso o con un aura que no tiene nada que ver con la vida en el estado de Israel, donde ellos crecen, donde se desarrollan. El ambiente es tal que Israel tiene sus propios problemas; Israel tiene todo el tiempo para luchar con su existencia. ¿Para qué hacerlos sentir que ellos son diferentes a otros niños? Mi esposo y yo decidimos no contarles”.
Sin embargo, el pasado siempre regresa.
“Hasta que un día me llega una invitación para que acompañe a estudiantes israelíes para acompañarlos en la marcha de la vida, como testigo de lo que has vivido en la guerra. ¿Qué cosa les cuento a mis hijos? Ya están grandes”.
Shashar escribió el libro “Yo vencí a Hitler”, donde narra la dura infancia que vivió y los años posteriores, dejando en sus memorias el propósito de no olvidar para no repetir los errores del pasado.
Antisemitismo: una herida que no desaparece
Además de su testimonio, Irene reflexionó sobre el antisemitismo en la actualidad. A pesar de no haberlo vivido directamente en Perú o Nueva York, sí percibe su crecimiento, especialmente después del 7 de octubre de 2023, cuando el grupo Hamás atacó a Israel desde la Franja de Gaza, durante la festividad judía de Simjat Torá. De acuerdo con las Naciones Unidas, más de mil israelíes murieron.

“El antisemitismo está. Mira lo que pasó después del 7 de octubre”, dijo.
Desde el gueto de Varsovia hasta Perú, Nueva York e Israel, su vida refleja el impacto profundo de la migración forzada, el peso del antisemitismo y la capacidad humana de reconstruirse incluso después de la devastación más absoluta. Caminar de puntas en Varsovia no es solo un gesto simbólico, es una forma de recordar que debajo de la tierra hay historias que no deben ser olvidadas.
