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Darwin Cortez, sobreviviente de cáncer, fue reconocido como capitán honorario de Charlotte FC tras superar la leucemia (Foto: cortesía Atrium Health).

Con solo tres años, Darwin Cortéz enfrentó por primera vez la leucemia en Honduras. Tiempo después, el cáncer regresó tres veces más, obligándolo a pasar por quimioterapias, radiaciones, largas hospitalizaciones y, finalmente, un trasplante de médula ósea. Hoy, a sus 30 años, celebra una década libre de cáncer y fue reconocido como capitán honorario por Charlotte FC.

El comienzo de una larga batalla contra el cáncer

Darwin es originario de Laguna Curarén, Honduras. Tenía solo tres años cuando su madre notó que tenía inflamación en los ganglios. En ese entonces, su mamá pensó que era solo una infección en el cuello que le causó fiebre y dolores musculares. Tras no responder a medicamentos de venta libre, lo llevó al médico.

Esta primera vez fue a finales de los 90. Mi mamá me llevó a una clínica cercana tras ver que los remedios no funcionaban. Luego me llevaron a un hospital que estaba a más de ocho horas en auto. Era en Tegucigalpa. Allí me hicieron los primeros exámenes y me diagnosticaron leucemia”, dijo a La Noticia.

En este hospital comenzó el tratamiento. Darwin recuerda de esa experiencia perder el cabello, bajar de peso y notar que su piel era amarilla. Hoy, de adulto, entiende que se debió a la anemia y las quimioterapias.

Tenía que estar en el hospital todos los días. Entonces, la Fundación Hondureña para el Niño con Cáncer, ellos proveen lugares cerca del hospital para que la gente se pueda quedar si viaja de lejos. Mi mamá y yo nos quedamos ahí por un tiempo”, recordó.

“Sentí una pelotita en la pierna”

Después de cinco años de tratamiento, los médicos le dijeron que estaba en remisión y podía retomar su vida. Pero cinco años después, el cáncer volvió cuando apenas iniciaba la adolescencia.

Un día regresé de la escuela y sentí una pelotita en la pierna, pero no le habíamos puesto atención hasta que mi mamá me revisó bien y pidió una cita en el hospital. Me enviaron a la sala de operaciones, hicieron una pequeña biopsia y resultó que la pelotita era cancerosa. Me dijeron que tenía cáncer por segunda vez”, describió.

Añadió: “Cuando mi mamá supo que tenía otra vez cáncer, se puso a llorar porque no sabía si habíamos hecho algo mal. El doctor le explicó que el cuerpo produce entre 10,000 y 15,000 células a diario y quizás una célula cancerosa estaba por ahí perdida y salió a la luz. Así que empezamos desde cero”.

Enfrentó su tercer diagnóstico sin sus padres

Tras 15 radiaciones, quimioterapias y meses de tratamiento, pensó haberse librado de la enfermedad. Para poder cubrir los gastos médicos, su padre emigró a Estados Unidos. Luego su madre tuvo que hacer lo mismo y Darwin se quedó junto a un tío.

Más adelante, una nueva masa apareció en su brazo. Otra biopsia confirmó un tercer diagnóstico. El tratamiento volvió a interrumpir sus estudios y su vida cotidiana.

Esta vez, los síntomas comenzaron con mareo, náuseas y una pelotita en el brazo que se escondía a veces. Fui al hospital con mi tío y el doctor hizo la revisión y ordenó una biopsia. Ya había pasado a la segunda etapa de cáncer en mi cuerpo. Dejé la escuela porque no podía ir y me daba pena porque perdí el pelo. Empecé otra vez el tratamiento y teníamos que viajar todos los días”, recordó.

En el 2012, al terminar el tratamiento por tercera vez. Darwin, siendo aún un adolescente, comenzó a pensar en dejar este capítulo atrás en Honduras y emigrar a Estados Unidos para reencontrarse con su familia. 

Hablé con el doctor y le pregunté si me podía venir a este país. Me dijo que solo si tenía visa y venía por avión, porque por tierra no era recomendado y no lo aprobaría. Varios doctores me dijeron lo mismo, pero decidí no continuar mi vida en Honduras, porque me hablaban maravillas de este país. Entré a frontera solo, porque las personas que también venían desaparecieron, me detuvieron y me dejaron ir”, contó de esa experiencia.

De nuevo en el hospital con un cáncer terminal

Pudo reencontrarse con su familia en Charlotte y comenzó a asistir a la escuela. Pero solo dos años después, volvió a presentar síntomas: los ganglios de ambos lados de su cuerpo se inflamaron, tuvo fiebre y fuertes dolores.

Recuerdo que salí con unos amigos y me dijeron: ‘Eso se quita con pomada’. Yo no les quería decir, pero sabía lo que podía ser. Le dije a mi papá que tenía que ir al hospital porque estaba mal; él me sugirió usar una sobadora (pomada con hierbas). Le dije: ‘Esto no lo va a quitar’. Así que me trajeron a emergencia de niños”, describió.

Para ese entonces, Darwin tenía 17 años. Cuenta que, tras realizarle una tomografía y conversar sobre su historial médico, lo transfirieron al Atrium Health Levine Cancer Center, donde los médicos confirmaron por cuarta vez que tenía cáncer.

Cuando reunieron a mi familia y me dijeron ‘lo siento, pero tienes cáncer otra vez’, me descontrolé. Me arranqué las agujas y fue el jefe de mi papá quien me agarró la mano y le grité: ‘Yo no puedo, no puedo más, me voy a morir’. Él me dijo: ‘No, estás empezando una batalla y los soldados no dejan las batallas a medias, las terminan hasta el final, hasta encontrar qué pasó”, recordó.

Esta vez, los médicos le explicaron que necesitaba un trasplante de médula ósea para aumentar sus posibilidades de supervivencia, ya que el cáncer era terminal. El procedimiento se realizó en Maryland y, aunque inicialmente la recuperación duraría 100 días, se prolongó durante tres años debido a las complicaciones que presentó.

Durante ese tiempo me daban dolores de cabeza, mareos, perdí hasta el caminar, me tropezaba y sentía dolores en el cuerpo. Me hicieron más radiaciones… Se me cayó toda la piel. Tenía tanta picazón que no podía ni tocar el agua. Las enfermeras me hacían baños calientitos con shampoo, porque  apenas ponía un dedo en el agua sentía que me estaban quemando vivo”, contó.

Darwin Cortez, sobreviviente de leucemia, recuerda uno de los momentos más difíciles de su tratamiento: “Yo no puedo, no puedo más”. Hoy, más de una década después, continúa libre de cáncer (Foto: Yuliana Montiel / La Noticia).

Casi una década libre de cáncer

Hoy, más de 10 años después del trasplante, Darwin continúa libre de cáncer. Ahora, trabaja como supervisor de almacén en Fort Mill, Carolina del Sur. Para celebrar esta década sin la enfermedad, Charlotte FC le hizo un reconocimiento como capitán honorario durante uno de sus partidos el pasado 22 de agosto.

Para él, su experiencia dejó una lección que ahora comparte con otras personas: no ignorar los síntomas y buscar atención médica cuando algo no mejora.

La vida es muy bonita, pero hay obstáculos en medio. Yo me quería morir mil veces. Le decía a mi papá: "Usted siga su vida y déjeme morir porque sentía que mi vida se terminó. Le preguntaba a Dios por qué me escogió a mí para esto, pero esas palabras de su jefe me hicieron ver el cáncer como una batalla a la que hay que pelear una y otra vez. Mi consejo para quien atraviesa esto es ese: no importa el diagnóstico, hay que seguir peleando. Esa es la meta”, cerró.

Periodista de profesión, ávida lectora por vocación. Tiene un máster en Ciencias Criminológicas de la Universidad del Zulia, Venezuela. Le apasiona conocer nuevas realidades y contarlas.