Hace mucho que el fútbol dejó de ser solo un deporte para jugar o admirar y se convirtió, a nivel global, en algo más. Una válvula de escape para los explotados, un instrumento de manipulación de las élites, un momento de esperanza para los subyugados, una oportunidad de venta para las corporaciones. Pasión, alegría, corrupción, cortina de humo, la Copa Mundial de Fútbol de 2026 extiende estas contradicciones y las condensa en un balón.
Fútbol: expresión de alegría popular y herramienta política
Existe evidencia de que ya había juegos de pelota en Mesoamérica hacia el año 1400 a.C. En su etapa moderna, a mediados del siglo XIX, el fútbol se consolidó como una actividad de las élites universitarias inglesas. Poco a poco se fue colando hasta llegar a las canchas improvisadas en las más humildes calles del mundo.
Debido a su enorme popularidad, a lo largo del siglo XX diversos gobiernos lo utilizaron como una herramienta política para mejorar su imagen al interior y fortalecer el orgullo nacional. También fue aprovechado como mecanismo para ganar influencia en otros países. Veamos algunos ejemplos.
El Mundial de Italia 1934 fue usado por Benito Mussolini como propaganda para demostrar la supuesta superioridad del régimen fascista. La Copa de Argentina de 1978 fue organizada por la junta militar para desviar la atención internacional de las violaciones de los derechos humanos y la represión interna. El Mundial de Qatar 2022 sacó a la luz un esquema de sobornos al más alto nivel y una descarada indiferencia por las condiciones de neoesclavitud con las que se construyeron los lujosos estadios en medio del desierto.
Estados Unidos, México y Canadá
En el año 2018 se anunció que la Copa Mundial de Fútbol 2026 sería la más grande de la historia, con 48 selecciones y 16 ciudades sede repartidas entre Estados Unidos, México y Canadá. El torneo fue promocionado inicialmente como un espacio de fraternidad y unidad entre las naciones. Hoy, las cosas han cambiado. Hay serios cuestionamientos sobre cómo serán tratados los turistas por los agentes del Servicio de Control de Aduanas e Inmigración (ICE) que patrullarán los estadios; además, por primera vez, se disputará un torneo con selecciones de dos países que están activamente en guerra: Irán y Estados Unidos. Sin mencionar el desesperado acto de lambisconería en la forma del Premio FIFA de la Paz entregado en diciembre al presidente Donald Trump.
Más allá de la geopolítica, millones de personas en todo el mundo estarán pendientes de las pantallas cuando suene el silbato inicial. Incluyendo millones en los países anfitriones, debido a los prohibitivos costos de las entradas.
Un estudio de la consultora SeatPick reveló que New Jersey, Miami, Mexico City, Guadalajara y Arlington serán las sedes más costosas para asistir a los partidos de la Copa del Mundo 2026, con un precio promedio de $2,094 por boleto.
No deje que la fiesta se salga de las manos
No importan los escándalos o los elevados costos. Las familias, los amigos y hasta los desconocidos se juntarán para vivir la emoción de este deporte. De allí que es fundamental que participemos de esta fiesta de forma mesurada, sin excesos, especialmente si se es inmigrante. No permitamos que una celebración de un partido de 90 minutos se convierta en lamento permanente para nosotros y nuestros seres queridos.
Hace varios años tuve la oportunidad de conocer al escritor uruguayo Eduardo Galeano. Su estatura intelectual era tan elevada como su fanatismo por este deporte. Frente a un grupo de embelesados estudiantes, nos dijo:
“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece".
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