Las cárceles de Inmigración están llenas de personas que desean salir de ahí pero carecen de alguien que abogue por ellos. Esto causa tristeza y la desesperación se apoderan de los detenidos pues no saben qué hacer.

Hace un tiempo vino a verme María, una mujer quien fue detenida por agentes de Inmigración cuando viajaba con varios compañeros desde Charlotte hacia California, a quienes ayudé de diferentes maneras para lograr su libertad. Ella estuvo encarcelada más de dos meses en una de las prisiones más activas en El Paso, Texas. Y vio la dura realidad que sufren los presos indocumentados.

María me contó que uno de los problemas más grandes dentro de la cárcel es la soledad, la mayoría de los detenidos no tienen dinero, otros fueron abandonados por sus familiares y amigos, otros nadie sabe que están ahí.

María relata que sólo los que tienen alguna relación con Dios pueden lidiar con sus emociones, pues para eso forman grupos de oración y hablan mucho de la palabra de Dios. Otros ya perdieron su fe y han pedido al doctor de la cárcel que les den sedantes para dormir y así olvidar el dolor que están pasando en ese lugar.

Entre los olvidados se encuentra José, uno de quienes viajaban con el grupo de María.

Al igual que todos, José también tiene familia y amigos, los cuales supuestamente desearían ayudarle, ya que siempre son los familiares y amigos los que se preocupan y los que se envuelven en un momento difícil como este. Recuerdo que él me llamó y me comentó que apenas tenía saldo para hablar un momento conmigo.

Comencé a buscar cómo ayudar a José, indagué si existía una solución para su problema, contactando a algunas agencias que podían colaborar.

En el caso de José fueron sus amigos que me contaron de su situación, me dijeron que tenía una hermana y que me contactara con ella, a quien llamé y me contestó que estaba trabajando y que le llamara más tarde. Luego, cuando no me contactó, la volví a llamar y ya no contesto más hasta el día de hoy.

Le pregunté a los amigos que si sabían algo de él y me dijeron que José no se había comunicado con ninguno de ellos. María me contó que él quedó ahí en la cárcel cuando ella salió, que quizás José no tiene fondo en su cuenta de llamadas, las cuales tienen que ser pagadas por alguien de afuera que tenga su cuenta e información, usualmente la familia.

José tiene más de diez años de vivir en Estados Unidos y tenía muchos amigos antes de esta situación, yo me preguntó ¿A dónde se fueron los amigos?, pero más que nada, ¿qué pasó con su familia?

Yo les ruego que no abandonen a sus familiares y amigos en los peores momentos de su vida, Dios te dará recompensa si tienes compasión por los que sufren especialmente si esa persona que sufre es su familia o su amigo.

Siempre se ha dicho que las amistades se pesan y se conocen mientras una persona está en el hospital o en la cárcel, no cuando todo va bien, hay reuniones sociales y fiestas, donde todo es felicidad. Les pido que oremos por presos como José, para que no queden desamparados.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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