Es ampliamente conocido cómo el gobierno de México deporta a miles de inmigrantes procedentes de Centroamérica, quienes buscaban atravesar el país con el objetivo de llegar a Estados Unidos, pero muchos lo ven como un problema distante.

A lo largo de los años he escuchado las dramáticas historias de inmigrantes que dejaron todo atrás y emprendieron un peligroso viaje para llegar a Estados Unidos por la frontera.

Historias desgarradoras que han conmovido cada fibra de mi ser, pero todo esto cobró un nueva y más profunda dimensión cuando pude mirar con mis propios ojos el valor y el dolor que viven miles de nuestros hermanos.

Mis ojos han visto el drama en la frontera

Tuve la oportunidad de viajar a México en el año 2016. Allí pude visitar el albergue El Buen Samaritano en Hidalgo, por invitación del sacerdote Víctor Castillo.

El primer día conocimos la labor del albergue, pero el segundo día nos convertimos en voluntarios para trabajar mano a mano con las personas que allí llegaban.

Este viaje provocó un cambio en mi sobre la manera como hoy veo la inmigración. Estas personas ya no son estadísticas frías, son dramas de carne y hueso, personas desesperadas que necesitan de nuestra ayuda y compasión.

¿Por qué se están yendo decenas de miles de niños, niñas y adolescentes de Centroamérica hacia Estados Unidos? Las causas son múltiples pero la razón más común es que muchos de los menores de edad huyen de sus países de origen para alejarse de la violencia, la criminalidad, las pandillas y la pobreza que campea en ciertas zonas.

En busca de soluciones

¿Cómo se puede solucionar esta compleja problemática social? La respuesta no es fácil. Quizá un primer paso sea ser sensibles a este dolor humano, entender este problema, concientizar sobre los riesgos por los que corren nuestros hermanos y amigos.

Estando en México pude aprender que debemos de hacer algo para cambiar el dolor humano que se mueve y se origina en nuestros países latinoamericanos, especialmente en Guatemala, El Salvador y Honduras.

La iglesia en México está trabajando fuertemente para ayudar a este grupo de gente en el paso inevitable de los inmigrantes por su territorio, pero también están trabajando en el desarrollo de estrategias y programas que protejan sus derechos humanos, que son para todos, no importa su color, su raza su procedencia o su estatus migratorio.

Creo que es de suma importancia que muchos de los que estamos aquí en Carolina del Norte trabajemos por el bien de los inmigrantes, y el primer paso es conocer todo lo que está ocurriendo en México.

Una de las cosas que tenemos que hacer es orar por ellos, y pedirle a Dios que cambie la situación de esos países que están en un remolino espiritual, emocional y político, que es lo que produce la calamidad humana que provoca la salida masiva de sus ciudadanos.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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