Cómo rezar el Rosario

Cuando ponemos nuestra confianza en figuras carismáticas o atrayentes, pero dejamos de lado sus acciones, podemos caer en la trampa de seguir a alguien por sus personalidad y no por sus principios. Estos son ídolos de barro. La historia está llena de ejemplos de lo que sucede cuando el pueblo se fija en la forma y no en el fondo, como el relato del “becerro de oro”.

Dios escogió a Moisés para liberar al pueblo de Israel después de largos años de esclavitud en Egipto y con un increíble despliegue de milagros. En el camino, Dios le dijo a Moisés que subiera al monte para darle leyes al pueblo de cómo regirse para que tuvieran, orden, paz y vivieran felices en la tierra donde Él los dirigía. Dios le estaba dando los Diez Mandamientos.

Pasaron varias semanas y Moisés no bajaba. Mucha gente se desesperó, comenzó el rumor de que su líder murió y comenzaron a exigir alguien o algo a quien seguir, que se amoldara a sus gustos, que no pusiera restricciones, un dios como los que adoraban en Egipto, para que tomara el lugar de Jehová.

Ahora todo estaba permitido. En el campamento se oía música, panderos, tambores, risas y orgías. A la distancia, se veía la silueta de un animal que brillaba como el sol; era un ídolo que ellos mismos habían construido con las prendas de oro que llevaban consigo; hicieron un becerro de oro.

Al cabo de cuarenta días, Moisés bajó de la montaña con las tablas de la ley y se indignó con lo que veían sus ojos. Luego del despliegue sobrenatural de las 10 plagas que los liberó de Egipto, luego de recibir pan del cielo (maná), luego de beber agua en el desierto, el pueblo le dio la espalda a Dios, se quisieron desconectar de la fuente de la vida, lo cual lleva inevitablemente a la muerte.

Dios le dijo a Moisés que se apartara del pueblo para destruirlos por el pecado de idolatría que habían cometido, sin embargo, Moisés le imploró que no lo hiciera, que no los destruyera. Dios aceptó la súplica de Moisés.

En esta era en que vivimos, la sociedad sigue sustituyendo sus valores por placeres, vicios, y desenfreno. Muchas personas creen que la vida sigue ininterrumpida como si a nadie se le tiene que dar cuentas, pero eso no es verdad, viene el día cuando se juzgará a todos los que hicieron iniquidad.

Sin embargo, así como Moisés se paró ante el juicio inminente y los hombres de su época, Cristo sufrió y murió en reemplazo por la humanidad. A través de su muerte nos dio la oportunidad de ser perdonados y reencausar nuestras vidas lejos del camino de la destrucción.

Cristo hoy está a la diestra del Padre intercediendo, para que nadie sea destruido sino que dice su palabra que: “El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca sino que todos vengan al arrepentimiento” 2 Pedro 3.

El deseo de Jesucristo es que todos vivamos una vida sana y completa sobre la tierra y luego en la eternidad con Él. Prometió que va a regresar por su pueblo, por los que le recibieron le aman y le esperan.

Si nos ha dado normas de conducta, si nos ha dado principios, es porque quiere que vivamos en plenitud, y no como esclavos de nuestras bajas pasiones. Al momento que lo invitas a tu corazón el Espíritu Santo comienza a hacer una transformación en ti, irás cambiando tu vida de pecado a una vida llena de la presencia de Dios.

Ahí adonde estás leyendo este escrito le puedes invitar a tu corazón y decirle que quieres caminar con Él, confiésale todos tus pecados, y pídele que comience el cambio en tu vida, Él lo hará.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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