Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar México por segunda vez. Viajamos con mi esposo y dos amigos a un seminario muy importante para mí, pero también, ahí tuvimos la dicha de encontrarnos con familiares de miembros de mi congregación que nos brindaron su amistad, y con ellos pudimos visitar lugares muy interesantes, y aprender más de la cultura de ese país.

Llegamos a la Ciudad de México después de casi 3 horas de vuelo, ahí felizmente nos esperaban los amigos. Salimos del aeropuerto camino a Acapulco abordo de un bus muy confortable, el cual parecía un avión más que un bus, lo cual era reconfortante pues el viaje duraría cinco horas sin ninguna parada en el camino.

Llegamos a Acapulco ya cayendo el sol y a la hora de la cena. Ahí nos esperaban personas muy nobles, los familiares de los miembros de mi congregación, los cuales nos llevaron a comer a un restaurante de comidas tradicionales totalmente delicioso.

Estábamos comiendo, cuando se acercó un niño como de unos once años y muy respetuosamente dijo: “Señores, perdonen que interrumpa su cena pero quiero pedirles que cooperen conmigo. Mi familia y yo vivíamos en Estados Unidos, pero mis padres fueron deportados un tiempo atrás y hoy estamos tratando de seguir nuestra vida aquí en México, pero no ha sido fácil. ¿Podrían cooperar conmigo comprando de estos dulces?”

Al oír al niño, casi se me pegaba la garganta, aguante mis lágrimas para no llorar enfrente de mis nuevos amigos, para quienes eso ya es rutina, ver niños vendiendo y suplicando ayuda para que les compren.

Saqué de inmediato el dinero para darle al niño, y le dije que se quedara con los dulces, pero para mi sorpresa el niño dijo: “No Señora, usted tiene que tomar algo de esto, aunque sea uno”. No, le dije los puedes vender más adelante y así hacer más dinerito, pero el insistió que tomara algo por la contribución que le había hecho. Está bien le dije y tome de sus dulces para darle a los niños que nos acompañaban en la mesa en ese momento.

Durante el tiempo que estuve en México, vi muchos niños y mayores vendiendo, y en varias ocasiones quise hacer lo mismo de darles algo pero sin tomar de su mercancía, pero siempre ocurrió lo mismo, todos decían que por favor tome algo, finalmente ya no les decía nada, sino que tomaba algo pequeño para que ellos se sintieran bien.

Creo que la pobreza se puede contrarrestar con trabajo y educación, sin embargo los niños no deberían de estar en las calles vendiendo. De todas maneras la realidad es que lo hacen. Pese a esto en México aprendí que la gente, por muy pobre que sea, siempre tiene que mantener su dignidad.

Me llama la atención que esté presente la idea de que todo tiene un precio y que siempre retornen algo al que le da algo, así crecerán siendo más nobles y valorando lo que tienen, sabiendo que el dar y recibir es uno de los regalos más bellos que Dios nos dejó para que disfrutáramos mejor la vida y así vivir en una comunidad saludable.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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