El fracaso es un gran maestro aunque a algunos no nos gusta tomar la clase con él. Aunque Dios nunca ha estado interesado en traernos dolor innecesario, Él puede usar el fracaso para señalarnos áreas en las que debemos mejorar para crecer como seres humanos, una de ellas puede ser el encarar nuestras fallas y no huir de ellas.

Las personas que no asumen sus errores, que no ven áreas de la vida en donde puedan mejorar y que les gusta echar la culpa de sus defectos a otros, nunca aprenderán de sus fracasos y cometerán una y otra vez los mismos errores que los llevaron a fracasar en primer lugar. Veamos dos ejemplos de la vida diaria.

No es mi culpa

Un estudiante hace un trabajo de investigación para una clase en la escuela. Realiza a su trabajo deficiente, donde no hay un esfuerzo evidente, y esto se refleja en la evaluación del mismo. Antes de notificar la evaluación obtenida a los padres, el estudiante les da una gran explicación de cómo ese maestro tiene favoritismo con varios estudiantes.

Los padres escuchan a su hijo y están de acuerdo con él, diciendo que el trabajo era muy complicado, que no hubo mucho tiempo, que fue discriminado, reforzando la conducta negativa en su hijo, quien piensa que es una víctima de la discriminación de los demás. En otras palabras, nunca es su culpa.

Antes de su próximo trabajo de investigación, el estudiante y los padres deben hacerse las siguientes preguntas:

  • ¿Es discriminación o falta de esfuerzo?
  • ¿Es favoritismo o un trabajo deficiente?
  • ¿Le di a ese trabajo todo mi empeño o comencé a esforzarme en el último minuto?

Hipersensibles

Una pareja comienza a asistir a una nueva iglesia. Ellos se involucran y rápidamente se ven muy ocupados. Sólo hay un problema: son hipersensibles. Cualquier comentario o evidencia de crítica crea en ellos una reacción negativa inmediata.

Después de varios disgustos abandonan la iglesia, criticándola por la falta de amor y apoyo que existe en esa congregación y van a otra iglesia para comenzar el ciclo una y otra vez.

Antes de pedir a la secretaria de iglesia su nueva membresía, esta pareja debería hacerse las siguientes preguntas:

  • ¿Cómo está mi conexión espiritual con Dios?
  • ¿Tengo claro el propósito por el cual estoy sirviendo a los demás?
  • ¿Por qué siempre huyo de los conflictos?

Un verdadero cambio

Todos estos casos parecen ser estereotipados, pero suceden en la vida real. En cualquier momento en que el fracaso aparezca sobre nuestro horizonte nos debemos preguntar: ¿por qué he fracasado? Y la respuesta a esta pregunta será la gran maestra que nos llevará a la victoria, siempre y cuando tengamos un corazón humilde que reconozca que no soy perfecto y que tengamos la convicción de que podemos mejorar.

Roger Hernández

Consejero familiar y motivacional, autor de 14 libros sobre la familia. Para preguntas o comentarios escriba a: rhvidaministries@gmail.com

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