Delia Jovel Dubon

Desde hace tres semanas, el tema de las caravanas de migrantes ha sido visto y analizado desde los ángulos más fraternos, compasivos y solidarios hasta los más legalistas, conspirativos y xenofóbicos.

Al día de hoy, hay al menos tres caravanas de migrantes en camino -una hondureña y dos salvadoreñas- sin embargo, el éxodo de centroamericanos hacia México y Estados Unidos tiene alrededor de cuatro décadas. Durante ese tiempo, muchos lograron alcanzar su destino, pero otros, de los que casi nadie habla, solo fueron presa de los sistemas de control de fronteras cada vez más estrictos, del peligro, la violencia y criminalidad que incluye: robo, extorsiones, violaciones, tráfico humano, secuestro y asesinatos. Viajar en multitud, parece ser una forma de escudarse y protegerse en el camino.

Sabiendo esto, emigrar (irse) e inmigrar (llegar) por tierra, no es un viaje cualquiera. Aquellos que deciden hacerlo -para alcanzar una mejor calidad de vida y en algunos casos asegurar su propia sobrevivencia y la de sus seres queridos- experimentan no solo el desarraigo de dejar su país y familia, sino que queriendo salir de la violencia, exclusión y pobreza entran en otro limbo a veces similar o peor. Nadie decide migrar por capricho o por un impulsivo deseo de desobedecer o agredir una frontera o una nación.

Detrás de las crisis internas que viven los países de donde proceden las caravanas, las crisis que se desatan cuando miles de personas (incluyendo menores de edad) emigran con las mínimas condiciones para sobrevivir una travesía larga y llena de riesgos, lo que puedo observar es una crisis orgánica o estructural profunda que están enfrentando nuestras sociedades.

Es una crisis que en los países en vías de desarrollo los derechos humanos universales y fundamentales (vida, agua, alimentos, seguridad, etc.) no se garanticen, pero también es una crisis que en las sociedades desarrolladas, por el odio y el resentimiento frente a las diferencias de color, religión, género, origen e identidad provoquen tanto daño. En la medida que el tiempo pasa la enfermedad se ha vuelto crónica y los síntomas se multiplican y se vuelven más trágicos.

No es normal y es más bien inhumano que en Latinoamérica se siga escuchando a políticos y líderes decir que se debe perseguir el camino del desarrollo social y económico de los países ricos y las grandes potencias, cuando se sabe que ese anhelo –imposible para muchas personas– está cobrando vidas, recursos naturales vitales, tierras y ha generado más violencia, desigualdades, exclusión y pobreza.

No es normal que los ciudadanos sigamos siendo utilizados por líderes, gobiernos, por intereses ideológicos y/o económicos locales y extranjeros que creen tener la verdad sobre nuestro bienestar (que muchas veces es solo el suyo) cuando lo único que están provocando es convertirnos a todos en enemigos.

No me parece normal que se siga creyendo que un mismo sistema social, político y económico se ajusta a todos por igual, sin entender que cada cultura tiene su propia historia, sus propios procesos y ritmos.

Quizás ya sea el momento de que sí como se invierten millones para ayuda militar, para infraestructura moderna (calles, edificios, carreteras), para explorar el espacio exterior o para extraer combustibles fósiles se invierta en repensar cómo sanarnos y transformarnos como humanidad y sociedad.

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