Cuando el sol naciente se asome por el horizonte e ilumine los aros olímpicos, su luz irradiará de esperanza a un mundo ávido de volver a creer.

Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 fueron arrastrados por los tentáculos de una pandemia que llegó para recordarle a la sociedad moderna lo minúscula que es su existencia comparada con los misterios del universo.

Y es que —irónicamente— no fue sino a través de la sutil retórica de haber trastabillado ante un microscópico virus, que la humanidad recordó cuan vulnerable es.

Tanto, que el evento deportivo que une los circuitos de la maquinaria mundial cada cuatro años, postergó por largos 364 días su comienzo ante un escenario tan adverso como cuando se decidió reprogramar su calendario.

La incertidumbre rocía su amargo perfume por cada rincón del archipiélago asiático, cuyo centro político-económico suda las gotas de una olla exprés a punto de estallar.

Ya el filósofo esloveno Slavoj Zizek avisó la preocupante indiferencia de la gente en este contexto histórico, pero sobre todo, su pérdida absoluta de deseo.

Y no es para menos después del zangoloteo emocional que ha significado la emergencia sanitaria.

Pero afrontar el reto de controlar posibles contagios en un evento global es otra cosa.

Opinión pública, en contra de Tokio 2020

De hecho, una encuesta realizada durante el fin de semana por el rotativo japonés Asahi Shimbun arrojó que el 68 % de las personas sondeadas tiene dudas sobre la capacidad de los organizadores de apaciguar posibles consecuencias de una justa veraniega en plena era del coronavirus

Algo que reduce la indiferencia pero mengua aún más el deseo y la ilusión por atestiguar la XXXII edición del mayor certamen multideportivo del orbe. 

Pero además, como si no fuera suficiente el drama de un thriller que para muchos nunca debía estrenarse; el recambio generacional de la constelación de atletas propina otro duro golpe emocional al añadir una alta dosis de nostalgia.

Sin Usain Bolt, Michael Phelps ni Mo Farah, la atención en Tokio 2020 se centrará en las nuevas estrellas del firmamento.

Ya Simone Biles dio una muestra de su talento en Río 2016 y será en la capital de Japón donde se intente confirmar como la reina de la gimnasia.

De atletas contagiados y otros males

Sin embargo, el brote recién ocurrido dentro de la Villa Olímpica con al menos 72 atletas contagiados, hizo que la nacida en Columbus, Ohio, se alojara en un hotel para alejarse del virus.

Al igual que hicieron otras compañeras.

Todo un escándalo que hace que la llama olímpica pierda dramáticamente su fuerza a unas horas del comienzo de la magna justa, que ya de por sí sin público en las competencias había perdido su mística.

Por lo que el escepticismo se ha convertido en un temerario fantasma aún más incómodo que las camas de cartón instaladas para evitar que los deportistas tengan sexo.

La cifra de infectados en en la capital nipona ha superado durante cinco días consecutivos los mil contagios.

Para colmo, el pasado sábado 17 de julio se registraron 1,410 contagios.

Un récord máximo en esta cuarta ola de infecciones.

Será pues, que las grandes proezas y la épica se conviertan en el antídoto para curar los males y devolver un poco la fe.

Tal y como lo ha sido la vacuna COVID-19 en los últimos meses.

Porque si algo ha enseñado la pandemia es que la resiliencia y la esperanza son luz en la rendija de esta oscura época.

Y más que nunca, el espíritu olímpico deberá ser una fuerza transformadora capaz de devolver al mundo su implacable capacidad de creer. 

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Martín Avilés

Periodista mexicano egresado de la EPCSG. Así como Eduardo Galeano y su absoluta falta de talento para jugar al fútbol, ojalá pudiera yo -en algún imposible día de gloria- escribir con el coraje Ryszard...

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