Hace unos años tuve la oportunidad de visitar la nación de Israel, fue una experiencia inolvidable, de cambio interior, al encontrarme con lugares específicos que antes solo los había leído que existían a través de las páginas de la Biblia.

Creo de todo corazón que Dios me dio la oportunidad de ir a Israel no solo para visitar esa tierra sagrada, sino para enseñarme quién es Él.

Uno de los lugares que visité y que dejaron marcada mí vida fue el desierto de Judá. Ahí me encontré con la majestad y sabiduría de Dios. En este lugar no existe más que arena y más arena, grandes paredones compuestos de una arena anaranjada que llena millas y millas, donde cualquiera que se quedará en medio de él moriría de sed y de hambre.

Muchas veces había leído Isaías 35 donde dice: Se alegrará él desierto y la soledad; él yermo se gozará y florecerá como la rosa. El versículo 7, dice: Él lugar seco se convertirá en estanque, y él sequedal en manaderos de aguas; en la morada de chacales, en su guarida, será lugar de cañas y juncos.

Nunca creí encontrarme en medio de esa escritura literalmente, pero se me fue dada esa oportunidad en un lugar llamado Masada, en medio del desierto de donde pude ver fuentes de aguas dulces, palmas verdes y jardines que florecen.

He meditado una y otra vez en ese lugar majestuoso y una enseñanza apareció en mí corazón, pienso que Dios siempre le ha querido hablar al hombre usando las maravillas que hace con la naturaleza para mostrarnos que Él es Dios y tiene todo dominio sobre él universo.

Pienso que los humanos muchas veces nos podemos sentir como que estamos viviendo en un desierto, muchos viven pensando que todo en la vida se ve tan árido y sin vida. Otros han llegado a pensar que de ahí no podrán salir, que así como el desierto no parece terminar a lo largo y ancho del firmamento, así sus situaciones también no tienen fin; sin embargo Dios ha prometido que en medio de ese desierto siempre Él proveerá vida. Él abrirá caminos en la soledad y abrirá fuentes en medio del desierto.

Si confiamos en Él, eso pasará con nosotros. En medio de las situaciones que parecen ser imposibles, Dios siempre abrirá una puerta por la cual nosotros podamos pasar.

Para mí, lo que vi y experimenté en el desierto me da la seguridad que el Dios a quién yo sirvo es el Dios verdadero, el cual no tiene principio ni fin y si Él puede hacer esas maravillas entonces, si estoy tomada de su mano nada es imposible. Las cosas imposibles, Dios siempre las hará posibles.

Quiero decirles que el único lugar árido donde Dios no puede penetrar sin permiso, para hacer maravillas es el corazón del hombre, ya que Dios nos dio libertad de dejarle entrar o quedarse afuera.

El corazón árido del hombre solo será reverdecido y fuentes de agua viva espiritual brotarán cuándo la persona invite a su Creador a tomar control de ese desierto interno en el cual solo Él en su infinito poder puede hacer reverdecer.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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