Las horas pasaban, el reloj avanzaba hacia la próxima hora, mientras estaba sentada en una sala de espera de la universidad de Wingate, orando y escribiendo. Enfrente de la sala, en un aula mi hija Abby tomaba su último examen para ser admitida a la universidad. Mi oración era doble: que pasara el examen, y que consiguiéramos un auto urgentemente a buen precio, pues ella tendría que viajar diariamente a la universidad por unas dos horas de ida y regreso.

Señor -le decía-, sabes que necesitamos el transporte, es imprescindible, pues este lugar está retirado de nosotros y Abby necesita continuar estudiando. Mis pláticas con Dios eran largas, pasaba contándole, pidiéndole y confiando en la respuesta.

Abby, pasó el examen, nos alegramos y celebramos su triunfo, pero y ahora, ¿qué pasaría con el transporte? Le dije que esperáramos por la respuesta de Dios, pues Él también iba a proveer el vehículo, habíamos orado ya por mucho tiempo y sabía que ahora ya estábamos en la hora cero. Las clases estaban a punto de comenzar y ella no perdería ninguna.

Llegamos a casa y cerca de las siete de la noche recibí una llamada, era una amiga muy querida, para decirme que nos ponían a la disposición uno de sus autos para comprarlo a plazos, y que lo podíamos recoger inmediatamente.

Algunos años han pasado desde aquella noche cuando Dios milagrosamente contestó nuestras peticiones. Abby estudió por cuatro años a la universidad hasta graduarse, otra oración contestada.

Esta es solamente una de las muchas peticiones que Dios me ha contestado de manera muy impresionante para mi familia, sin embargo, puedo contar un sinnúmero de ellas, no solamente que tienen que ver conmigo sino, de otras personas con quienes he orado por un milagro y lo han recibido. He visto la mano de Dios en los resultados que hemos obtenido después de orar.

Jesús, nos dice en su palabra que oremos sin cesar, que traigamos nuestras peticiones, nuestras preocupaciones ante Él, que oremos creyendo que recibiremos, y que le demos gracias por lo recibido, aun cuando la respuesta no haya llegado. Esto es lo que yo hago: oro, confío, tengo fe y le doy gracias por la respuesta. Algunas veces Dios me ha contestado inmediatamente, otras han tomado su tiempo, pero siempre veo una respuesta.

El secreto para que Dios conteste tu oración es hacerte amigo de Él, también saber que orar es platicar con Dios y contarle todo, lo bueno y lo malo, tus proyectos, tus preocupaciones, tus miedos, tus alegrías, tus logros y tus caídas, Él te escucha todo.

Yo oro al Padre en el nombre de Jesús, así como Jesús dijo que lo hiciéramos, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. A través de la oración también he logrado tener una paz interna, pues no importa lo que pase a mi alrededor, estoy confiada en que todo estará bien. Lo más maravilloso que me pasa es que puedo dormir tranquila, gozar de buena salud, tener una familia saludable y poder servir a mi prójimo, soy una mujer feliz, al punto que si hoy me llegara la muerte, me iría sintiéndome realizada y completa.

Tu también puedes alcanzar esa tranquilidad y tus oraciones pueden ser contestadas si te acercas a tu amigo Jesús, que es el único que puede interceder por ti ante el Padre y contestar tus oraciones.

Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó

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