El arresto y condena del narcotraficante mexicano Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo Guzmán, generó una ola de fascinación entre muchas personas quienes de una u otra manera admiran la vida, pasión y obra del afamado criminal. ¿A qué se debe esta malsana obsesión de la que se hacen eco los medios de comunicación?

Este fenómeno social tiene raíces muy antiguas, una de las historias más famosas sobre este tema es la de Robin Hood, quien fue un arquetípico héroe y forajido del folclore inglés medieval, cuyo lema era robar a los ricos para dar a los pobres. Este modelo transmutó en la historia y nos vino a dar una serie de antihéroes de cuestionable moral y con una terrible reputación.

Un caso emblemático fue el del narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria, a quien se lo vinculan con el asesinato de más de 10,000 personas, el derribo de un avión de pasajeros y una serie de atentados con bombas contra la población civil. Pese a esto, el criminal ha despertado miles de seguidores quienes hasta hoy lo ven como una víctima, como un benefactor o como el protagonista de innumerables libros, series de televisión y películas.

El Chapo Guzmán también logró capturar la atención de un nutrido grupo de personas que ingenuamente lo ven como un hombre exitoso, que tuvo todo lo que quiso en la vida y que probablemente volverá a escapar. Es lamentable seguir escuchando en nuestro medio canciones o mejor dicho narcocorridos, en donde se eleva a categoría de leyenda su riqueza, su extendida red de distribución de narcóticos o su mano dura en los negocios.

Los medios de comunicación, sedientos de televidentes, radioescuchas o likes, también han querido sacar una inmoral tajada de la publicidad del narcotraficante y le han dedicado incontables páginas y horas al aire, pero la recaptura del Chapo genera un efecto de circo más que un golpe real al crimen organizado.

Tristemente el arresto y condena a cadena perpetua de Guzmán no cambiará las cosas en el doloroso y sangriento mundo del narcotráfico. El Cartel de Sinaloa, junto con otras organizaciones criminales, ya no funcionan a manera de corporaciones con una cabeza visible, sino como federaciones de productores, transportadores, gente que cruza la droga por la frontera y una enorme red de distribuidores. Mientras exista gente que codicie la vía rápida para hacer dinero y mientras Estados Unidos sea el consumidor que financia este negocio de muerte, poco cambiará.

¿Qué ven nuestros hijos con todo esto? Ellos no ven el lado eficiente de la justicia, ni ven el compromiso infranqueable del gobierno por hacer cumplir las leyes. Lo que ellos miran es como se agrandan nuestros ojos cada vez que vemos un reporte del Chapo, miran nuestra sonrisa medio escondida cada vez que nos enteramos de un nuevo detalle de su vida amorosa, miran nuestros labios moverse cada vez que disimuladamente tarareamos una canción que endiosa a la delincuencia. Ellos nos escuchan decir de labios para afuera que el crimen es malo, pero miran como suspiramos cada vez que vemos por televisión los lujos en los que vivían estos criminales.

Hacer es la mejor manera de decir, decía el poeta cubano José Martí. Si quiere inculcar buenos valores en sus hijos, es mejor que usted se obsesione con la vida de una persona que sirva de ejemplo, no con la de un sangriento criminal.

Diego Barahona A.

Periodista, editor, asesor, y presentador. De 2016 a 2019 el periodista más galardonado en Estados Unidos por los Premios José Martí. Autor del best seller: ¿Cómo leer a las personas? dbarahona@lanoticia.com

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