Delia Jovel Dubón

Con más de 40 años de vida y con el conocimiento y la observación directa o indirecta de algunas agitadas, otras buenas, otras mediocres pero también otras crueles, corrompidas y cuestionables transformaciones sociales, económicas y políticas en mi país (El Salvador), en mi región (Centroamérica- Latinoamérica) e incluso ahora siendo inmigrante en Estados Unidos, he pasado de tener una fe y militancia política fervorosa hasta sentir una repulsión e incredulidad extrema hacia el universo de lo político.

Estoy segura de que no soy la única que ha pasado de momentos de ilusión y esperanza hasta un total desaliento frente a los partidos y líderes que -entre comillas- nos representan. De repente, cuando en un período electoral ves toda la gama de candidatos y propuestas, terminas asustándote no solo de quienes no te representan (que sería normal) sino incluso de aquellos que crees son de tu bando.

La política es compleja, difícil de entender sobre todo porque hay muchas redes, engranajes, tejidos, intereses que no son accesibles u observables desde una posición de ciudadana. Pero algo que hay que entender es que no son accesibles no solo porque nos lo oculten (de forma premeditada o no) sino porque muchas veces carecemos de las herramientas para que eso que no vemos, sea observable.

Siempre he pensado que la educación es clave en todos los ámbitos de la vida, en el personal, en el familiar, pero también en el ámbito social, político y electoral. Y es porque a través de la educación que vamos desarrollando esas herramientas para ver y juzgar mejor lo que nos rodea. En la medida que tenemos más conocimiento sobre el sistema político que nos rige, sobre cómo están distribuidos los poderes, sobre el poder que cedemos con nuestro voto, sobre nuestros derechos, etc., tendríamos más y mejores elementos para tomar decisiones. Como bien lo dice Martín Luther King Jr. La función de la educación es enseñar a pensar intensamente y pensar críticamente. Inteligencia más carácter – esa es la meta de la verdadera educación.

En tiempo electoral, todos nos precipitamos en enfocarnos en promover el voto y/o a exaltar o criticar a un candidato (que no digo que no deba ocurrir) pero de esa manera seguimos corriendo el riesgo de elegir por reacción, por capricho, por la imagen del candidato o como es bastante común a ciegas, sin conocer a fondo todo lo que estamos aceptando al dar ese voto.

Necesitamos desarrollar la habilidad para analizar, para dudar, para pedir explicaciones porque, aunque votamos por un representante y una propuesta, ese voto tiene consecuencias y esas consecuencias no solo me afectan a mí directamente sino afectan a mi familia, a mi comunidad, al país en general y principalmente a aquellos que no tienen el privilegio de votar. El voto debería ser un acto solidario, empático.

En la medida que estemos mejor preparados, mejor informados sobre la oferta política que se nos presenta podremos exigir desde antes de cualquier periodo electoral, candidatas calificadas y honestas pero también propuestas reales pensadas para promover comunidades y sociedades con una mejor calidad de vida, más justas, más transparentes, más humanas, equitativas y seguras para todas sin excepción de color, origen, religión, lengua e identidad.

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