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Los cortes más crueles
El deber del jefe:
Mantenerlos trabajando
Vulnerable fuerza laboral sufre en silencio
Franco Ordoñez, Kerry Hall y Ames Alexander
The Charlotte Observer
Enrique Pagan era conocido como uno de los supervisores más duros de la planta procesadora avícola de House of Raeford en Greenville, Carolina del Sur. Dijo que debía presionar a los trabajadores para poder conservar su trabajo. Su esposa, Lydia Torres trabajó también en la planta, pero se retiró debido a sus dolencias por el síndrome de túnel carpiano. Su hijo Bryant aparece al frente de la fotografía. Foto/John D. Simmons jsimmons@charlotteobserver.com
Las líneas de producción raramente se detienen.
Una corriente infinita de pollos crudos miles por hora tienen que ser rebanados y cortados en trozos para la cena familiar.
El trabajo de Enrique Pagan era mantener funcionando su parte de la línea de deshuesado.
El marcaba el paso y a menudo gritaba a mexicanos y guatemaltecos que cortaban muslos de pollo. Les exigía que se movieran más rápido y los regañaba cuando dejaban demasiada carne en el hueso.
Pagan dijo que la mayoría de sus 90 trabajadores en el 2002 sufrieron dolores en las manos y las muñecas. Pero él tenía objetivos de producción que cumplir. Y sabía que los trabajadores no se quejarían porque muchos estaban en el país ilegalmente.
A mucha gente no le caía bien, dice él.
Pagan fue contratado en 1999 y promovido a supervisor como un año más tarde cuando la fuerza laboral de House of Raeford Farms estaba en transición. A principios de los años 2000, los latinos habían reemplazado a la mayoría de los afroamericanos en las líneas de producción. La compañía necesitaba supervisores que pudieran dirigir y hablar español. Enrique podía hacer ambas cosas.
Se describía a si mismo como un empleado leal, pero llegaría a cuestionar las tácticas de la compañía. Enfrentaría tanto la presión por hacer ganancias de la billonaria industria avícola, y el sufrimiento que daba como resultado.
Dice que sus jefes nunca le dijeron que intimidara a los trabajadores latinos. Pero nunca lo reprendieron por hacerlo. El dice que no tenía otra opción, su trabajo estaba en juego.
Primera impresión
Pagan recuerda el día que llegó a trabajar. Nunca había visto nada como la planta de pollo de Greenville, localmente conocida como Columbia Farms. Era casi del tamaño de una cancha de fútbol. Dentro de la planta, cientos de latinos estaban de pie, hombro a hombro, a pocas pulgadas uno del otro, blandiendo cuchillos, cortando miles de pollos en cada turno.
Era frío, mojado y ruidoso. Los trabajadores llevaban tapones en las orejas para proteger su audición del ruido producidos por las fajas transportadoras.
Pagan, quien en ese momento tenía 47 años y Lydia Torres de 34, dejaron Puerto Rico, donde tenían ciudadanía estadounidense, para echar adelante. La pareja se mudó a Buffalo, Nueva York, pero luego de trabajar allí por unos años, se mudaron a Greenville, donde una amiga hondureña les dijo que el clima era cálido y los trabajos abundantes.
Ellos estaban dentro del creciente número de latinos que encontraron trabajo en las plantas avícolas por todo el sureste, usualmente en los trabajos más peligrosos por el más bajo sueldo.
Pagan conducía un autobús en Puerto Rico y ganaba entre $100 y $250 a la semana. Ahora podía ganar $300 a la semana en la planta procesadora, cortando alas y muslos.
Era rápido con el cuchillo y la tijera en la línea de deshueso. En poco más de un año, fue ascendido a supervisor. Eso significaba $100 extra a la semana, dijo. Usaba un casco, lo cual evidenciaba su nuevo rol como jefe.
Presión para producir
Al departamento de Pagan le requerían mantener un nivel de producción entre 150 y 160 aves por minuto, alrededor de 70.000 al día, recuerda. Sin excusas.
Si sus trabajadores se retrasaban, era su trabajo asegurarse de que rindieran. Si no podían hacer el trabajo en ocho horas, se quedaban horas extra hasta terminarlo, dijo.
Los gerentes advertían a los trabajadores que la planta perdía dinero por cada segundo que la línea se retrasaba o se detenía.
La gerencia superior con sus cascos blancos, presionaba a los gerentes de producción de cascos rojos, quienes presionaban a supervisores en cascos anaranjados, como Pagan. Los trabajadores recibían la peor parte.
Los trabajadores latinos estaban acostumbrados a que sus jefes estadounidenses les gritaran. Pero lo que realmente les dolía, dijeron varios trabajadores, era el trato despectivo de los supervisores latinos, quienes compartían sus experiencias y entendían las dificultades de ser inmigrante en Estados Unidos.
Miguel, un trabajador de línea guatemalteco, dijo que muchos supervisores trataban a los propios latinos como si fueran desechables.
Te tratan como si no fueras humano, dijo Miguel, quien pidió que su apellido no se publicara por temor a perder su trabajo.
Barry Cronic, gerente del complejo de House of Raeford en Greenville, dijo en una respuesta escrita que a nuestros supervisores nunca se les ha solicitado usar miedo e intimidación en contra de nuestros empleados.
Pagan adquirió la reputación de ser uno de los más duros supervisores de línea, particularmente con trabajadores guatemaltecos, quienes a menudo hablaban dialectos mayas y conocían poco español. El se enojaba muy fácilmente y hablaba rápido cuando estaba molesto, recuerdan los trabajadores.
Un ex trabajador de línea, Alberto Sosa, llamó abusivo a Pagan y lo enfrentó una vez en una área de almacenamiento, luego de que Pagan reprendió a un guatemalteco por trabajar muy despacio. Usted no tiene porque tratar a los trabajadores de esa manera, recuerda haberle dicho Sosa.
Pagan dijo que no recordaba el incidente, pero no lo negó.
Dijo que los trabajadores no entendían que no cumplir con los objetivos de producción podría costarle el empleo.
La advertencia de su esposa
Torres nunca quiso que Pagan fuera supervisor. Con el cuchillo en mano todo el día, Torres realizaba cientos de cortes por hora. Después de aproximadamente seis meses, su manos le comenzaron a doler. Ella dijo que un supervisor le gritó que trabajara más rápido, incluso cuando ella se había quejado de tener dolor.
En la casa tenía problemas cocinando y limpiando. No podía abrir frascos.
Las manos de Torres empeoraron. Ella se despertaba con la manos entumecidas. La compañía la envió a un doctor, quien le diagnosticó síndrome del túnel carpiano, dijo. Tuvo una cirugía. Regresó al trabajo, pero lo dejó varios meses después debido al dolor, dijo.
A Torres le preocupaba que Pagan se convirtiera como su supervisor, quien a menudo la regañaba. Pero Pagan desestimó sus preocupaciones. Le dijo que ella había tenido un mal jefe. El nunca sería así.
Afectado por el dolor
Verónica Zapot trabajó en la línea de Pagan. Ella era una callada y menuda mujer, quien mantuvo su cabeza agachada. Pero en 2001 comenzó a quejarse por sus manos. Pagan aceptó que el trabajo era difícil, pero si quería el empleo debía continuar, dijo.
El después se enteró que Zapot, quien tenía 30 años, vivía a unas cuantas cuadras de su apartamento. Ella le dijo que había llegado a las Carolinas desde Coatzacoalcos, México. Le habló de su vida como madre soltera, y los desafíos de criar niños en Estados Unidos.
El luego pidió a Zapot que dejara su bebé con Torres, quien estaba cuidando a los niños de varios trabajadores por dinero extra.
Pagan notaba como Zapot pasaba dificultades. Ella deshuesaba entre 200 y 300 muslos de pollo por hora. Eventualmente, dijo, los dedos de sus manos se entumecieron como una garra igual como los tenía Torres. Dijo que al no poder extenderlos, tenía que inclinar la mano para dejar que el cuchillo se resbalara.
Cuando venía a mí, ella venía agarrando sus muñecas, dijo Pagan. Podía ver en sus ojos que tenía dolor.
La envió con la asistente de primeros auxilios, quien le dio a Zapot pastillas para el dolor de las que se compran sin receta y una venda, sugiriendo que el dolor en su manos venía de cocinar en casa.
Ella dijo, Ustedes los mexicanos hacen muchas tortillas , dijo Zapot.
Cuando Zapot visitó a un doctor por su propia cuenta, dijo que descubrió que tenía tendinitis. Posteriormente tuvo cirugía y llegó a un acuerdo financiero con la compañía por su caso de compensación laboral, según sus abogados.
Los tendones en mis dedos estaban en nudos dijo.
House of Raeford declinó comentar sobre alegatos específicos de muchos empleados, al indicar que, sin autorizaciones firmadas, no podía discutir detalles de su salud o empleo. En general, la compañía dijo que encontró muchas imprecisiones en la información que los trabajadores le dieron al Observer, pero rehusó a dar más detalles.
Los alegatos hechos por estos ex empleados no representan de manera justa o precisa las políticas de la gerencia de House of Raeford Farms, dice un comunicado escrito de la compañía. Nosotros valoramos a nuestros empleados y nos esforzamos por tratarlos de una manera justa y respetuosa todo el tiempo.
Dígales que esperen
Pagan dijo que se preocupaba por sus trabajadores, pero al darles recesos, lo dejaban con menos manos en la línea. Cierta vez un jefe amonestó a Pagan por enviar trabajadores al puesto de primeros auxilios, según dijo. Otros tres ex-supervisores y un ex-empleado de recursos humanos de modo similar describieron una cultura, en donde los supervisores no hacían caso a las quejas de los empleados.
Caitlyn Davis, quien trabajó en el departamento de recursos humanos, hasta que se marchó en julio, dijo que un supervisor se refería a sus asistentes latinos como Cosa 1 y Cosa 2.
Otro antiguo supervisor dijo al Observer: Ellos te dicen que no dejes a la gente fuera de la línea. Esperar. Esperar. Diles que esperen hasta el receso. Diles que esperen hasta que alguien los pueda reemplazar. Diles que esperen hasta el final del turno. Deben siempre esperar. El dolor no espera.
El supervisor dijo que fue despedido, después de recibir tres o cuatro amonestaciones, la última por una violación de seguridad. El pidió que su nombre no figure, porque todavía tiene familiares que trabajan en la empresa.
Cronic, gerente del complejo de Greenville, dijo en una respuesta escrita, Si un supervisor desalienta a un empleado de reportar sus lesiones, ese supervisor está violando una política de la compañía.
Nueva presión
En 2004, cuatro años después de convertirse en supervisor, Pagan se despertó sudando. Eran aproximadamente las 2 de la madrugada. Estaba temblando.
Torres le preguntó que cuál era el problema. Respondió que un jefe estaba aumentando la presión en los supervisores.
Mi estómago estaba hecho un nudo, dijo. No sé cuanto tiempo pueda quedarme.
Torres dijo que a menudo llegaba a la casa enfadado. Se volvió distante. Perdió su sentido del humor. Esto afectó su vida sexual.
No tenía voluntad para hacer nada, dijo Pagan.
A principios del 2005, llegaron buenas noticias. Un trabajador social dijo a la pareja que una familia había ofrecido a un bebé en adopción.
Pagan tenía cuatro niños de un matrimonio anterior. Torres no tenía ninguno y no quería pasar por los tratamientos de infertilidad que necesitaba para quedar embarazada.
Tres días más tarde, el 14 de febrero, trajeron a Bryant a casa. Tenía cuatro días de nacido y pesaba menos de 9 libras.
Era una cosa tan pequeñita, dijo Torres.
La pareja sabía que los trabajadores sociales visitarían la familia con regularidad, para comprobar el progreso de Bryant. Ellos querrían saber si el niño estaba siendo bien cuidado y si la familia tenía los recursos financieros para mantenerlo. Podrían pasar dos años antes de que Bryant fuese oficialmente de ellos.
Pagan necesitaba su trabajo más que nunca.
El conflicto final
Pagan supervisaba a más de 100 trabajadores.
Silenciosamente comenzó a advertir a algunos sobre sus manos. Permitió más recesos para ir al puesto de primeros auxilios.
Después del trabajo, las madres podían venir a la casa de Pagan, a recoger sus niños que estaban con Torres. Ellas a menudo se quejaban de sus manos. Muchas, como Carolina Cruz, no tenían fuerza en la mano para sostener a sus niños. Cruz contaba con sus antebrazos para levantar y abrazar a su pequeño hijo José.
Pagan dijo que se sentía mal por los trabajadores, pero enfadado con ellos por aguantar el dolor. Nunca aconsejó que se marcharan, porque sabía que sus familias necesitaban el dinero. Pero los animaba a buscar otros empleos.
No deberían hacer este trabajo, recuerda haberles dicho. arruinarán sus manos.
Miren a Verónica. Miren a Lydia. Ni siquiera se puede cepillar el pelo. Pagan dice que estaba alcanzando sus objetivos de producción a principios del 2006, pero lo estaban culpando más por errores de los trabajadores.
Un jefe lo haló hacia una oficina, dice, y lo reprendió por dejar demasiada carne en el piso.
Pagan comenta que le dijeron que firmara una nota disciplinaria para su archivo personal. Estaba siendo castigado, según pensó, por dar demasiados recesos a los trabajadores.
Rehusó firmarla y se fue.
Nunca volveré
Torres le dio su mesa de comedor a una sobrina. Pagan vendió su vehículo a un amigo. Bajaron la mayor parte de los cuadros de la pared, pero dejaron las banderas estadounidense y puertorriqueña colgando en la sala. Empacaron sus pertenencias en 40 cajas y las enviaron a Puerto Rico.
Pagan dijo que planificaba comprar un autobús usado y esperaba conseguir una ruta pública otra vez.
Antes de irse, hizo una última visita a la planta. Caminó a lo largo de uno de los caminos boscosos alineados con guantes desechados y redecillas para el pelo. Se paró cerca de una mesa de picnic y habló sobre su antiguo trabajo.
Había esperado más cuando vino a Greenville. El y Torres hicieron suficiente dinero para comprar una casa de cuatro cuartos en Guayanilla, Puerto Rico, y adoptaron a su hijo, Bryant.
Pero dijo que nunca olvidará cómo los latinos fueron tratados en la planta avícola, y cómo se sintió obligado a tratarlos. ¿Tenía opción? No, dice, no si quería mantener su trabajo.
Nunca volveré, dice.
Momentos más tarde, un hombre con un casco rojo salió por una de las puertas de la planta. Pagan dio una mirada larga. Era uno de sus antiguos jefes.
Deberíamos irnos antes de que él diga algo, dijo.
Pagan dio la espalda a la planta avícola y caminó de vuelta a través del camino.
Epílogo
En agosto, Pagan y Torres regresaron a Puerto Rico.
Torres se queda en casa con Bryant. Pagan conduce un autobús otra vez.
Me siento bien aquí, comenta. Tengo una familia. La única cosa es que uno no hace mucho dinero como para ahorrar.
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La Noticia se siente muy orgullosa de haber formado parte de esta excelente serie
Los cortes más crueles, escrita por reporteros de The Charlotte Observer, al tener la oportunidad de traducir algunos de los artículos al español y presentarlos a nuestros lectores tanto en www.lanoticia.com como en la edición impresa de La Noticia. La traducción fue hecha por los reporteros Rosario Machicao y Aníbal Calderón, el editor Diego Barahona y la directora Hilda Gurdián. El diseño gráfico estuvo a cargo de la directora de arte María Elena Benton.
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